viernes, 1 de agosto de 2008

Mi amigo "El País"



Son la 11,30 de la mañana del viernes, el sol empieza a hacerse sentir, mientras cargamos en “El País”, (camión, así lo llamamos porque no arranca nunca) todos las artes de pesca, la carpa, los tachos que se usan en los campamentos, que se precien de tales, los comestibles, tres kilos de asado, doce chorizos, un paquete de fideos, arroz, algunas verduras y dos litros de leche en caja, y quince litros de vino, para apagar la sed, por el calor vio, y veinte litros de agua dulce para cocinar.El destino elegido para acampar fue la Laguna Garzón, un paraíso, si lo hay, al este de José Ignacio.


Soltamos a “El País” por la bajada, y ¡arrancó!, un excelente motivo para brindar con la primera copa de Moscatel rosado.Miguelito al volante, con su clásico gorro con visera hacia la espalda, cosa que ni el sabe porque lo usa del revés, y su eterna sonrisa dibujada en el rostro. Sentado a su lado el gigante Patronito, (si, ese es su nombre, hay de todo, a no asombrarse), con la botella de vino recién abierta, hombre avezado en esas lides de las botellas, que hasta los codos con callos tenía de apoyarlos en las barras de los boliches, y yo, nada para destacar sobre mí, salvo que soy amante de las letras, la pesca, los campamentos, el vino, la noche y los boliches, igual que los otros dos atorrantes compinches de farras, salvo por lo de las letras, que a ellos les gusta solo la sopa de letras, y no la entienden….


Cruzamos en la balsa la boca de la laguna, sin apagarle el motor a”El País” por si las moscas, y a cuatro kilómetros encontramos el lugar ideal para acampar, cincuenta metros de la laguna y ciento cincuenta del mar bravío, como dicen las poesías, buena sombra bajo los pinos, y de una enramada de acacias negras, decorada por miles de florcillas amarillas, igualito que en otros poemas.Nuestro amigazo “El País”, quedó en una bajada de pastos y yuyos dentro del campamento, para que nos protegiera del viento del sur.


A las cinco de la tarde estaba pronto el campamento, con su fogata de tres metros de altura y dos y medio de diámetro, tamaño al mejor estilo de las exageraciones de Don Verídico, pero Miguelito es el experto, y el que sabe, sabe y no se le discute. El de los callos, Patronito, abrió la tercera y última botella de Moscatel, y tampoco nadie se animó a discutir, porque esas cuestiones son sagradas y no hay dos pareceres en esas cosas de los expertos.La comida que llevamos daba para la noche y poco más, así que, se pescaba o se pescaba, para no morir de inanición y exceso de alcohol.


- ¡Cañas al hombro, baldes de veinte litros y carnada! di la orden, y salimos a recorrer los ciento cincuenta metros que nos quedaba el mar, y aaah, tres veces aaaah, sorpresa, a los veinte metros vimos el cartel, blanco él y con letras rojas, precioso, PROHIBIDO ACAMPAR, se nos escapó un ayyyy , y con gran emoción, preocupación y risas de beodos alegrones, continuamos el camino al mar, con una seria reflexión que nos impresionó a los tres por igual, “el buen vino, te hace desobediente sin sentir culpa”.


Pescamos cuatro pámpanos de buen tamaño y una brótola con hipertiroidismo, de lo flaca que estaba. La cena estaba ganada y nos volvimos al campamento a atender al Cabernet Sauvignon que nos llamaba a los gritos. (Es que son “extrañadoras” las amigas más fieles.)


Miguelito tenía frío, supongo, porque la fogata ya tenía cinco metros de altura. Cenamos opíparamente, regamos la cena abundantemente y nos fuimos a caminar bajo las estrellas con tres amigas, las fieles, y tres copas. Estaba tan hermosa la noche que nos dormimos como a un kilómetro del campamento a la intemperie bajo unas acacias.La carpa, el campamento y la fogata, muertos de risa….


Nos despertó el sol y volvimos al campamento, a cumplir con la rutina de pasarla mal por otro día, ya que el domingo debíamos volver a nuestra vida de personas “normales”.


Del sábado además de pescar, comer y beber, no recuerdo nada. ¡Si recuerdo! A las siete de la tarde se nos terminó el vino, y fuimos de compras, como quien dice de Shopping, caminando a un almacén de campaña que queda a tres kilómetros, pasando por la casa de retiro de los Fabulosos Cadillacs en el medio del bosque y a cincuenta metros de la laguna. Volvimos bien provistos, con cuatro de tinto, y uno de blanco, de marcas desconocidas y cinco cervezas metidas en una bolsa, golpeándose unas contra las otras como si fuesen enemigas.


El Domingo a las tres de la tarde, felices y contentos, todo lo que bajamos el viernes, lo volvimos a subir a “El País”, menos las vituallas y el líquido elemento, que habían desaparecido como por encanto, pero como no podía ser de otra manera, “El País” se retobó y ni el Barba pudo hacerlo arrancar.Esto que cuento fue hace siete años, y como lo amamos tanto, como se debe amar a un verdadero amigo, nos quedamos a acompañarlo, y todavía estamos viviendo bajo el cartel de “PROHIBIDO ACAMPAR” en "El País" ......... nuestro querido camión.

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